El problema más
grave que afronta la humanidad en el momento actual es la
falta de ética que caracteriza a los hombres y mujeres
en los estamentos de poder.
Muchos pensarán que exageramos ante este contundente
planteamiento, pero es la pura realidad, como lo podemos
constatar a diario en Puerto Rico ante la desfachatez de
los que pretenden justificar sus arbitrariedades desde posiciones
públicas, como ocurre con ciertos legisladores y
ex gobernantes, que procuran disfrazar de derechos determinados
actos de corrupción.
A la par con la corrupción, que por doquier asoma
la cabeza, tenemos en un plano más amplio las guerras
imperiales carentes de la más mínima ética.
Cuando el presidente estadounidense George W. Bush decidió
invadir a Afganistán en las postrimerías de
2001, a raíz del brutal ataque a las Torres Gemelas
de Nueva York, y a Iraq en marzo de 2003, estableció
una falsa premisa de contubernio entre ambas naciones y
el terrorismo internacional.
Bajo ese planteamiento se pretendieron validar los feroces
bombardeos sobre la población civil de Bagdad y otras
ciudades iraquíes que, aparte de causar miles de
muertos, condujeron a la destrucción de valiosos
patrimonios históricos en una desenfrenada carrera
belicista que cada vez se torna más compleja.
Esta situación de amenaza sobre "nuestra civilización",
como diría W. Bush, llevó a la mayoría
del pueblo estadounidense –estimulado por los principales
medios de comunicación– a cerrar fila en torno
a la "guerra preventiva" impulsada por el Pentágono
en combinación con las grandes corporaciones bélicas.
Muy pocos intelectuales, como Gore Vidal o Noam Chomsky,
levantaron sus voces contra la barbarie, porque otros entendían
que cuestionar los verdaderos propósitos de la alocada
carrera bélica era colocarse muy próximo a
ese invisible enemigo que amenazaba las bases de la democracia
capitalista.
En virtud de esa política se conculcaron muchos de
los derechos humanos y civiles, al punto de que hoy nos
encontramos sometidos permanentemente al ojo escrutador
del "Big Brother" que preconizó hace unos
70 años el periodista británico George Orwell
en su novela "1984", en la que, por cierto, establecía
que "la ignorancia es poder".
El dique que se impuso para manipular la verdad ha comenzado
a agrietarse. Cada día son más las voces autorizadas
que se alzan contra la manipulación política
y mediática, en la que la televisión ha tenido
un papel estelar.
El astro del cine Robert Redford acaba de sumarse a quienes
han optado por distanciarse de la política de agresión
de W. Bush, al que ha reclamado una "disculpa masiva".
El actor y director de Hollywood ha establecido, en el marco
de la inauguración del Festival Internacional de
Cine Independiente Sundance, que el Presidente "debe
pedir perdón" por el abuso de poder en que ha
incurrido, como es el encarcelamiento indefinido de sospechosos
de vínculos con el terrorismo sin que se sigan los
debidos procedimientos de ley y la conversión de
la base naval en Guantánamo en un campo de concentración,
aparte de la instalación de cárceles secretas
en Europa en las que se cree se cometen los más horrendos
abusos contra prisioneros anónimos.
"Creo que nos debe una gran y masiva disculpa",
sostuvo el veterano actor en referencia al mandatario estadounidense.
El planteamiento de Robert Redford es un reflejo del sinsabor
colectivo que ha provocado tanto engaño a nombre
de la seguridad y frente a la carencia de ética que
ha convertido a la humanidad en rehén del oportunismo
que predomina bajo la falsa promesa de bien común.