Primavera
de Yuli Castro Carranza
Reza un conocido
dicho que “una golondrina no hace primavera” y yo sin dudarlo
le doy la razón pero me pregunto, ¿cuántas
entonces? No sé si es mi imaginación o mis
ganas de que acaben de una vez por todas estos amaneceres
gélidos de invierno, pero me atrevo a afirmar que
he visto, en más de una ocasión, volar a algunos
de estos famosos pajarracos negros afuera de mi ventana
y yo, por si las dudas, he empezado a sacar del fondo del
clóset mi ropa ligera: sandalias, blusas sin mangas,
bermudas y gafas de sol.
En el hemisferio
norte del planeta, que es donde vivo, la primavera irrumpe
justo el 20 ó 21 de marzo y da comienzo una nueva
estación que nos regala aire tibio para respirar,
días más largos, noches más breves
y un montón de fiestas por los cumpleaños
de nuestros amigos y familiares del signo zodiacal de Aries.
Oficialmente la nueva
estación entra con el llamado equinoccio de primavera,
que nunca es a la misma hora debido al movimiento de traslación
de la Tierra y, lo que sucede en realidad es que este día
es uno de los dos a lo largo de todo el año en que
la duración del día es igual a la duración
de la noche, es decir, de doce horas cada uno.
Desde tiempos muy
remotos, los antiguos astrónomos notaron esta particularidad
de nuestro planeta y no es en vano que hayan llamado a este
fenómeno aequinoctium que significa "equi” (igual)
y "nocte" (noche).
Pero ¿por
qué será que la humanidad en general le tenemos
tanta estima a esta época del año? Otro equinoccio
ocurre en el otoño y me atrevo a afirmar que pasa
sin pena ni gloria, prácticamente desapercibido.
En cambio el de primavera
genera las más diversas festividades a lo largo de
todo el mundo. En México, por ejemplo, existe una
tradición muy antigua, que dicta que ese día
la gente use ropa de color blanco para así visitar
las ruinas de templos y centros ceremoniales mayas y aztecas
(principalmente) y de esta manera poder recibir la nueva
estación, recargándose de energía solar
y buenas vibras, mediante ejercicios de meditación
y otros ritos.
Es una fecha que
simboliza la renovación espiritual y el optimismo
que hasta los más pequeñitos de nuestras familias
conmemoran: existen desfiles donde los niños en edad
pre-escolar se disfrazan de animales del bosque, flores
y árboles, y con ello ofrecen un emotivo homenaje
a la madre naturaleza, dadora de vida.
En pequeñas
ciudades y pueblos se estila además, elegir en esas
fechas a la señorita más guapa del lugar,
quien mediante una modesta votación resulta electa
y su misión es recorrer en un hermoso carro alegórico
las principales calles de su localidad, repartiendo a su
paso sonrisas, besos y saludos.
Francamente nunca
he entendido mucho esta costumbre de nombrar a la “flor
más bella del ejido” porque a mi parecer, bastaría
solamente con sacudirse lo negativo que el invierno nos
trajo y tener ahora una actitud positiva ante el nuevo ciclo
que comienza sin importar la belleza física. ¿Para
qué elegir a una muchacha guapa? Definitivamente
jamás me prestaría a participar en algo así
(ni podría en todo caso, pues no soy ni joven ni
bonita) pero tampoco apoyaría esa causa.
Aunque bueno, por
el momento no logro concentrar del todo mi atención
en lo que escribo para poder sacar una conclusión
acertada, pues no es nada fácil aislar mi mente haciendo
caso omiso a la gritería que me rodea y tratar de
redactar, mientras voy sentada en el toldo de esta camioneta
blanca adornada con listones y flores de todos tamaños
y colores, acompañando a mi prima Carmelita, en su
desfile triunfal como orgullosa heredera de la corona floral
de este 2006.
ycastroc@gmail.com
(publicado
el 12 de Marzo 2006)