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José
Luis Castillejos Ambrocio |
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Tarata,
14 años después |
| por
José Luis Castillejos Ambrocio |
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Lima,
Perú - La luz de las velas danzan suave
y cadenciosamente con el vientecillo de la tarde que
se cuela de arriba a abajo. El café “Tarata”,
en la calle del mismo nombre, es hoy un remanso de paz,
14 años después de que un coche-bomba
estallara a escasos metros, dejando 25 muertos y 155
heridos. |
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En una noche de
julio de 1992 un poderoso estruendo removió todo
Tarata, en el pleno corazón de Miraflores.
Hoy un “peruvian fish”, una carne asada o un
postre de manzana dan cuenta de nuevos tiempos y mejores
vientos.
Las paredes amarillas y marrón del “Tarata”
y sus mesas con planchas de mármol lucen apacibles
y una pecera sin peces, al centro del restaurant, espera
pacientemente en tanto Shakira, la cantante colombiana,
con su dejo nasal, se desgañita en un amplio televisor
plano.
Un perro pasea por la calle, a escasos metros de un pequeño
obelisco a La Paz, en recuerdo de los caídos por
el terrorismo y el frío nocturno poco a poco empieza
a calar los huesos.
Fue precisamente en esta calle donde Sendero Luminoso se
catapultó al mundo con una orgía de sangre
y una danza de violencia. Y, desde aquí, salió
el grito de los peruanos de un “Basta ya!” a
la ola terrorista que desataron los seguidores de la ideología
polpotiana o de Mao .
Reconstruidas las calles, remodelados los edificios y restañadas
las heridas, Tarata es ahora un punto de encuentro, un sitio
atestado de cabinas de Internet, cafeterías, bares,
un banco y remozados edificios.
Los cuatro cipreses, robustos, del café Tarata simbolizan
los cuatro puntos cardinales y se hamaquean con el viento
invernal que desde el Pacífico llega hasta la esquina
de las pasiones donde lo mismo se degusta un café,
un vino o se aprende a hablar en inglés con una juvenil
profesora.
En el café “Tarata” y su veintena de
mesas iluminadas tímidamente con velas, cuyas flamas
danzan y danzan, dentro de pequeñas urnas de cristal,
se demuestra que el terrorismo, al menos en Lima, ha sido
derrotado.
A 14 años de distancia ya no hay veladoras en el
piso por los caídos, sino flamas votivas a la paz,
a la armonía y a todo lo que huela a vida. Y allí
está una flacuchenta poetisa y periodista que intenta
pergeñar una crónica en esta ciudad que es
suya, que le pertenece y que, en ocasiones le duele en el
alma.
El Tarata de hace 14 años, destrozado por 200 kilos
de dinamita, hoy está dinámica, fervorosa
y calurosamente humana, pese al vientecillo de la tarde
que remece y hace recordar noches poéticas, de música,
cerveza y ron.
Atrás, muy en el pasado, quedó el Tarata violento,
la calle del ¡nunca más!.
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| (publicado
el 2 de Julio 2006) |
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