Valentinitis
de Yuli Castro Carranza
A unas cuantas horas
de celebrar el día en que los enamorados renuevan
sus votos de fidelidad en su relación, me he puesto
a observar la impresionante mercadotecnia que se gesta en
torno a este tema. Y es que si se trata de tener motivos
para hacer gastos inútiles, las festividades en general,
no son más que simples pretextos comerciales para
alardear emociones que no tenemos; de modo que resulta siempre
ser una actividad altamente rentable el dedicar un día
de febrero al amor y a la amistad.
Estoy de acuerdo
que dedicar un día a esos sentimientos inmaculados
es algo muy fructífero para este mundo cada vez más
violento, indiferente y apático. Pero ¿es
necesaria tanta publicidad con señuelos incitándonos
a consumir los más absurdos artículos llenos
de corazoncitos rojos?
No quiero parecer una mujer amargada porque no es así.
Disfruto enormemente del romanticismo en todas sus tonalidades
y soy una soñadora sin remedio e idealista inevitable.
Pero insisto, tanto complot comercial afecta mis sentidos.
Estaba el domingo
en el supermercado haciendo mis tradicionales compras y
descubrí con cierto espanto que el ambiente estaba
infectado con un virus letal del que no se pude huir aunque
se quiera y del que tampoco hay una vacuna efectiva: había
epidemia de valentinitis. Cuando me di cuenta de eso, quise
correr a la puerta de salida más cercana para no
ser contagiada, empujando como despavorida mi carrito atiborrado
de cereales, lácteos y jabones, pero la multitud
ahí congregada me impedía acelerar el paso.
Nunca antes deseé tanto, que los supermercados contaran
con semáforos y carriles de alta velocidad para quienes
tienen extremas urgencias de salir, como la mía.
Y maldije además para mis adentros que los dichosos
carritos del autoservicio no tuvieran claxon integrado.
¿Que nunca antes nadie había tenido tanta
presión por salir cuanto antes de un lugar como ese?
¿Por qué no había al menos un paso
a desnivel para no interrumpir mi marcha acelerada? O al
menos debería haber un atajo que nos conduzca desde
el departamento de hogar hasta el de lencería esquivando
el de caballeros y panadería. Pero no existía
nada de eso.
Hice maniobras tan
diestras que estoy segura que soy una candidata digna de
ganar el record Guiness al “mejor piloto doméstico
que conduce entre una multitud y logra llegar hasta la caja
registradora en tan sólo 106.8 segundos”.
Cuando la señorita
uniformada me preguntó robotizada y sin mirarme,
que si “había encontrado todo lo que necesitaba”
quise gritarle que no! No había encontrado la manera
de llegar al área de cobro en un tiempo inferior
al conseguido y tampoco había encontrado la tradicional
paz que siento al caminar lentamente entre los pasillos
mirando toda la mercancía exhibida aunque no compre
nada.
Pero opté
por reprimir mis ganas de escupirle en la cara toda esa
rabia contenida y decidí guardar silencio y contestar
de la misma manera autómata y ácida que “si”.
Lo que me urgía en ese momento era irme cuanto antes.
La señorita fue pasando entonces cada uno de los
artículos que seleccioné para comprar esa
tarde, saqué el dinero de mi bolsa, pagué
y me retiré lo más rápido que pude.
Pero al llegar a
casa descubrí que había sido presa del terrible
virus y que ahora yo era una persona más contagiada
de esa enfermedad crónica. ¿Cómo lo
supe? Cuando empecé a sacar las cosas que compré
y vi que además de los artículos de primera
necesidad, había comprado mecánicamente lencería
roja con bocetos de besos bordados, una caja de chocolates
adornada con listones rojos y blancos, una funda para mi
celular muy romántica, un par de almohadas con tela
estampada de corazones, un florero con una docena de rosas
rojas, un oso de peluche que dice “te quiero” al oprimir
su mano derecha, unas servilletas decoradas con corazones,
paletas de caramelo macizo en forma de corazón, algunas
tarjetas con frases cursis, etc. El mal ya estaba hecho.
Y yo, era una víctima más que sufría
de los achaques de tan fulminante mal.
ycastroc@gmail.com
ycastroc@hotmail.com
(publicado
el 14 de Febrero 2006)