Verde, blanco y rojo
de Yuli Castro Carranza

Hace unos días, al salir corriendo de casa, me topé con un par de chiquillas que caminaban muy coquetas vestidas con su moderno uniforme escolar y reían mirándose a los ojos, con cierta complicidad y nerviosismo. No tendrían más de trece años y sin embargo tenían una anatomía perfectamente delineada y ricamente dibujada. No pude reprimir una sonrisilla al recordar que yo a su edad, más bien parecía un chico que una señorita: usaba el cabello corto, no traía aretes, no usaba nada de maquillaje y tenía un cuerpo esquelético de curvas nulas, que en todo caso parecía el del hermano gemelo de Juan, el chico broncudo y salvaje de mi colonia.

Ellas en cambio, eran un par de hermosísimas damitas que mostraban sin pudor alguno sus firmes y contorneadas piernas bajo una diminuta minifalda. Sus cuerpos estaban finamente esculpidos con cinceladas precisas y medidas perfectas, y francamente eran dos auténticas Venus de Milo contemporáneas. Andaban además sutilmente maquilladas, lo cual hacía que se aniquilara por completo el fulgor de inocencia que, se suponía, aún debían tener.

No pude evitar, entonces, detenerme unos minutos pese a mis prisas para observarlas y descubrir (si es que no lo había hecho antes) lo diferente que se vive ahora. Esta generación de adolescentes del siglo veintiuno marcha a un ritmo muy acelerado, pero ellos sin duda deben disfrutar de lo lindo la libertad de la que gozan ahora. Antes, ni soñar con hacer todo lo que ahora a ellos se les permite.
Pero me doy cuenta también que muy a pesar de las grandes diferencias de modos de vida, prohibiciones y obligaciones, hay cosas que permanecen y perduran más allá de brechas generacionales, modas o tendencias.

Trasportándome en el tiempo, imaginé que era yo una de esas chicas que presurosa me dirigía a la escuela. Era un día especial y por ello, me había esmerado un poco más en mi peinado y me había detenido a lustrar mis zapatos escolares negros. Había además, planchado con especial atención las tablas de la falda de mi uniforme (que por cierto de ninguna manera estaba permitido portarla más arriba de la rodilla) y las calcetas que usaba en esa ocasión eran las más blancas que tenía. Había llegado con bastante anticipación a la escuela, para estar lista para el momento tan especial.

¿El motivo? Celebraríamos el “Día de la Bandera” con un emotivo acto cívico donde nos congregaríamos alumnos, profesores, directivos y padres de familia. Ser la afortunada de la escolta que portaba el lábaro patrio era un privilegio y un premio por haber obtenido las mejores notas académicas. De modo que quien marchaba ondeando la insignia tricolor era alguien respetado entre sus compañeros, aunque a más de alguno esto le generara cierto recelo y envidia.

Por eso digo que hay cosas que se mantienen estáticas muy a pesar del paso del tiempo. Los honores que le debemos a nuestros símbolos patrios es una constante que no caduca. Cambiarán las modas, la manera de comportarse de los jóvenes, los modos de hablar, los gustos, las formas de diversión, etc.; pero veo con absoluta certeza que nuestra cultura cívica es algo que sigue estando presente en nuestras sociedades cada vez más bombardeadas por ideologías ajenas a las nuestras. Quizás no podamos escapar jamás de hablar espaninglish, ni podamos evitar rabiar al encontrar en los mercados tequila hecho en China, ni podamos retroceder en la tendencia a extinguir los dialectos de nuestros indígenas, pero lo que si podemos hacer es luchar por conservar nuestra identidad y una forma de hacerlo es mantener viva la tradición de honrar a nuestra patria.

Antes y ahora, es un enorme orgullo ser partícipe de las ceremonias cívicas. La diferencia radica solamente en los modismos que tenemos para expresarlo. Y eso lo supe cuando escuché a ese par de chamacas tan lindas y bellas decir: “no maus we… es hiper tarde… don “corcholato” va a cerrar la puerta…. pélale we…. segurito ya llegó el Johnny pa verte marchar we….”

(publicado el 5 de Marzo 2006)

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