|
El otro día
después de realizar todos mis quehaceres, decidí
pasar la tarde- noche descansando plácidamente
en mi recámara blanca estilo minimalista. Determiné
que regalarme unas horas de relax y descanso no me
vendrían nada mal, especialmente si consideramos
mi estado. De manera que antes de dirigirme a mis
sagrados aposentos, primero hice una visita relámpago
a la cocina.
Saqué
de la alacena lo último que me quedaba del
café tostado que compré la última
vez que fui a Coatepec, Veracruz; encendí la
cafetera que me obsequió mi madre en mi cumpleaños,
saqué el edulcorante, el sustituto en polvo
de crema con canela y una taza lo bastante grande
para verter suficiente café en ella.
Después,
tras inspeccionar diferentes anaqueles en la cocina
debí escoger entre tomar unas galletas con
nuez, una rebanada de pan blanco o alguna barra de
granola enriquecida con vitaminas. ¿Mi elección
final? Una porción bastante generosa de pastel
con fresas, crema chantilly, durazno, piña,
cerezas y vainilla. Total, un poco de calorías
extras no le afectan a nadie.
Bien armada
me encaminé ahora sí a mi alcoba. Me
aguardaba sin duda un momento de verdadera gloria,
por no decir que de holgazanería.
Dejé
aquel tentempié sobre el tocador de madera
de peral, teniendo por supuesto, mucho cuidado de
no derramar nada sobre el piso laminado. Acto seguido,
me despojé de las pantuflas y me recosté
sobre mi mullido lecho cubierto con una frazada de
lino color capuchino. Todo estaba perfecto.
Me acerqué el control remoto de la televisión
y la encendí. Al azar estuve cambiando los
canales, con la ilusión de encontrar algo en
la programación que me resultara lo bastante
interesante como para acaparar mi atención
por lo menos una hora.
Como siempre,
me resultó una ironía contar con 574
canales, si al final invariablemente termino viendo
el mismo. O me quedo dormida, que es peor. Quizás
un día no muy lejano cancele en definitiva
mi suscripción al sistema de cable que tengo
y me ahorre ese dinerito.
Sintonicé
mientras tanto el canal de noticias, y mientras tomaba
un sorbo de café, escuché un comunicado
que me hizo sentir que me atragantaba.
Escupí
bruscamente mi bocado y tosí con tal fuerza
que la cara se me enrojeció. La vena yugular
se me resaltó. Y algunas lágrimas aparecieron
en mis ojos.
Aquel episodio
de tos se prolongó un poco más, hasta
que con cierto sobresalto descubrí que, en
realidad, ese no era mi verdadero problema. Debido
al esfuerzo abdominal, y a mi estado, empezaron a
presentarse una serie de contracciones uterinas. El
momento había llegado.
Mis peores
temores estaban haciéndose una realidad tangible.
Estaba iniciando el proceso para dar a luz a mi primer
retoño y el hospital a donde planeaba acudir
para dicho evento, estaba siendo tomado por los trabajadores
sindicalizados que amenazaban con irse a una huelga,
y con ello 50 millones de mexicanos derechohabientes,
nos veríamos seriamente afectados.
¡Qué
indignante me resultaba esa noticia! ¡La salud
de los mexicanos (y sobre todo de los más desprotegidos)
no es un asunto que pueda ponerse en una mesa a negociación!
Yo, en el menor
de los casos, estaba simplemente aproximándome
a tener un bebé, pero ¿qué pasaba
con aquellas personas que estaban siguiendo algún
tratamiento médico debido a alguna enfermedad?
Un “vuelva
después” no es una respuesta que espera recibir
aquel paciente enfermo de cáncer, cuando se
acerca a pedir su próxima cita para evaluar
su situación.
Pero bueno,
he de aceptar que en ese momento lo más importante
para mí era telefonear a algún pariente
o conocido con el fin de que me hiciera un chequeo
médico y que me diera las recomendaciones necesarias.
Era en ese instante una mujer primeriza y asustada.
Quien acudió
a mi llamado fue mi tío Gonzalo el cual, después
de una exploración, me tranquilizó al
decirme que no estaba iniciando aún la labor
de parto, sobre todo porque para ello, se necesita
estar primeramente embarazada...
ycastroc@hotmail.com
y_castro_c@yahoo.com.mx
(publicado
el 20 de Noviembre 2005)
|