Huelga
de Yuli Castro

El otro día después de realizar todos mis quehaceres, decidí pasar la tarde- noche descansando plácidamente en mi recámara blanca estilo minimalista. Determiné que regalarme unas horas de relax y descanso no me vendrían nada mal, especialmente si consideramos mi estado. De manera que antes de dirigirme a mis sagrados aposentos, primero hice una visita relámpago a la cocina.

Saqué de la alacena lo último que me quedaba del café tostado que compré la última vez que fui a Coatepec, Veracruz; encendí la cafetera que me obsequió mi madre en mi cumpleaños, saqué el edulcorante, el sustituto en polvo de crema con canela y una taza lo bastante grande para verter suficiente café en ella.

Después, tras inspeccionar diferentes anaqueles en la cocina debí escoger entre tomar unas galletas con nuez, una rebanada de pan blanco o alguna barra de granola enriquecida con vitaminas. ¿Mi elección final? Una porción bastante generosa de pastel con fresas, crema chantilly, durazno, piña, cerezas y vainilla. Total, un poco de calorías extras no le afectan a nadie.

Bien armada me encaminé ahora sí a mi alcoba. Me aguardaba sin duda un momento de verdadera gloria, por no decir que de holgazanería.

Dejé aquel tentempié sobre el tocador de madera de peral, teniendo por supuesto, mucho cuidado de no derramar nada sobre el piso laminado. Acto seguido, me despojé de las pantuflas y me recosté sobre mi mullido lecho cubierto con una frazada de lino color capuchino. Todo estaba perfecto.
Me acerqué el control remoto de la televisión y la encendí. Al azar estuve cambiando los canales, con la ilusión de encontrar algo en la programación que me resultara lo bastante interesante como para acaparar mi atención por lo menos una hora.

Como siempre, me resultó una ironía contar con 574 canales, si al final invariablemente termino viendo el mismo. O me quedo dormida, que es peor. Quizás un día no muy lejano cancele en definitiva mi suscripción al sistema de cable que tengo y me ahorre ese dinerito.

Sintonicé mientras tanto el canal de noticias, y mientras tomaba un sorbo de café, escuché un comunicado que me hizo sentir que me atragantaba.

Escupí bruscamente mi bocado y tosí con tal fuerza que la cara se me enrojeció. La vena yugular se me resaltó. Y algunas lágrimas aparecieron en mis ojos.

Aquel episodio de tos se prolongó un poco más, hasta que con cierto sobresalto descubrí que, en realidad, ese no era mi verdadero problema. Debido al esfuerzo abdominal, y a mi estado, empezaron a presentarse una serie de contracciones uterinas. El momento había llegado.

Mis peores temores estaban haciéndose una realidad tangible. Estaba iniciando el proceso para dar a luz a mi primer retoño y el hospital a donde planeaba acudir para dicho evento, estaba siendo tomado por los trabajadores sindicalizados que amenazaban con irse a una huelga, y con ello 50 millones de mexicanos derechohabientes, nos veríamos seriamente afectados.

¡Qué indignante me resultaba esa noticia! ¡La salud de los mexicanos (y sobre todo de los más desprotegidos) no es un asunto que pueda ponerse en una mesa a negociación!

Yo, en el menor de los casos, estaba simplemente aproximándome a tener un bebé, pero ¿qué pasaba con aquellas personas que estaban siguiendo algún tratamiento médico debido a alguna enfermedad?

Un “vuelva después” no es una respuesta que espera recibir aquel paciente enfermo de cáncer, cuando se acerca a pedir su próxima cita para evaluar su situación.

Pero bueno, he de aceptar que en ese momento lo más importante para mí era telefonear a algún pariente o conocido con el fin de que me hiciera un chequeo médico y que me diera las recomendaciones necesarias. Era en ese instante una mujer primeriza y asustada.

Quien acudió a mi llamado fue mi tío Gonzalo el cual, después de una exploración, me tranquilizó al decirme que no estaba iniciando aún la labor de parto, sobre todo porque para ello, se necesita estar primeramente embarazada...


ycastroc@hotmail.com
y_castro_c@yahoo.com.mx

(publicado el 20 de Noviembre 2005)

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